NUNCA VOY A SER MI MADRE
- Xiora Martinez

- Dec 5, 2022
- 4 min read
Updated: Dec 6, 2022
Nunca voy a ser como mi madre. Y es que lo juré una y mil veces, en diferentes situaciones. Ya sea con la boca llena del chocolate que me provocó el castigo, o con el teléfono pegado a la oreja donde al otro lado, una adolescente en incomprendida, me da la razón “porque las madres de verdad que no entienden nada de lo que pasa”. Así que al mejor estilo de Lo que el viento se llevó, me juré una y mil veces que nunca, jamás en la vida, sería como mi madre.
Me imaginada cómo esas madres de las películas, que son cómplices. Que nunca pierden la paciencia, comprensivas hasta niveles tales, que permiten un alien en la casa. Iba a ser la madre del año, de la década y sí me apuraban mucho, del siglo. Además, nunca usaría la frase estilo dictadora de “porque lo digo yo”.
Mi madre y mi abuela se reían y comentaban un “Ya, ya. Vamos a ver si no te pareces a nosotras” como si de un culto secreto se tratara.
Cuando estaba embarazada de mi primer hijo, leí muchos libros, para estar lista y preparada para el deleite del embarazo y la maternidad. El embarazo... pues la verdad no fue tal delite, no me podía atar el cordón de los zapatos, tenia las piernas apunto de estallar y en una eterna situación de "buscando un baño". La verdad, nada parecida a las fotos de las mujeres en pose romántica, acariciándose la barriga y sonriendo ante la dulce espera... en fin. Así que me concentré en una maternidad que pensaba navegar con una sonrisa en el rostro. Iba a ser una madre ideal, siempre peinada, maquillada y por qué no, hasta depilada.
Con una tranquilidad envidiosa, iba a resolver cada problema quien se me presentara, porque, lo sabia todo, estaba lista, había leído "los libros".
Debí haberlo sospechado, cuando me entregaron a mi hijo en el hospital. Me fui con una palmada en hombro y la cabeza llena de preguntas, que no tenían respuesta en ningún libro. Así que empecé a hacer cosas que hacía mi madre, porque si yo estaba viva, seguro que funcionaban. Al principio eran cosas sutiles. Como ponerle el dedo frente a la nariz para ver si respiraba o curar cualquier enfermedad con caldo de pollo. Pero el momento crucial, cuando caí en la cuenta que había caído en el infame club de las madres dictadoras, lo tengo grabado en la memoria y lo recuerdo como si fuera ayer.
Recuerdo el momento, el día, la hora y la víctima. Iba en el coche, con un niño de 3 años histérico, porque no quería ir al colegio y porque no lo dejábamos ir disfrazado de el hombre araña. Claramente para él, era el uniforme ideal. Pasé casi una hora negociando. Que se llevara el muñeco en vez del disfraz. Por último que se llevara los guantes, que no me parecía tan grave. Pero el niño cerrado, era peor que negociar con un terrorista. Así que me lo llevé gritando como un cordero en el matadero, rojo como un tomate y mas tieso que un palo. Lo cual hizo una tarea titánica, abrocharlo en la silla.
Por supuesto, la víctima era yo, sudada, cansada y a un mili segundo de explotar. Después de la proeza de meterlo al auto sin desayunar (me aplicó la huelga de hambre) ponerle merienda extra en la mochila y una nota explicando que no había comido. El muy maquiavélico, inició la tortura de las preguntas. ¿Por qué no puedo ir así, Luisito fue de astronauta y su mamá lo dejó?. La mamá de Luisito es mucho más guapa que tú, que lo sepas. Mamá el otro día me dejaste ir disfrazado ¿por qué hoy no?. ¿Por qué no me llevas así y le explicas a la profesora que perdimos el uniforme?. ¿Por qué no me llevas a un colegio para gente normal y no un colegio que odia los disfraces.?
Después del vigésimo “por qué “, algo me poseyó. A lo mejor el espíritu de cada antepasado femenino, que estaban escuchando desde el más allá. Giré la cabeza, apreté los dientes y solté el “porque lo digo yo”.
Milagrosamente, funcionó. Siguió llorando, pero dejó de hacer preguntas. Se lo entregué a la santa de su profesora y me fui lo más rápido que me daban las piernas.
Cuando llegué a casa, me miré al espejo y me vi. Vi las ojeras, las raíces oscuras que pedían un tinte a gritos, los kilos de más que no pude bajar después del parto, el gesto cansado y me dije. ¿Sabes qué? No eres la madre fresca y sonriente, peinada y depilada. Probablemente no seré nunca la madre cómplice y nunca voy a ser como mi madre. Sencillamente porque no soy mi madre, pero hago mas que suficiente. Así como lo hizo mi madre, mi abuela, mi bisabuela y todas las mujeres de mi familia. Eres la mejor madre que tus hijos pueden tener, no lo dudes. ¿Sabes por qué ? Porque lo digo yo.
Me encantaría escuchar tu historia acerca de las expectativas de la maternidad. Escribe o dame tu opinion.



Que buen relato! Alguna vez pensé lo mismo. Despues de 21 años tengo mas cosas de mi madre a la hora de ser madre de las q imaginé. Algunas funcionan otras son un fracaso total. Decidí adaptar. Y en esas estoy.
Hola, te sigo desde Wattpad. Me encantan tus novelas. Cuando terminas Mi vida ante de ti? Estarán todas en digital?