EL JUGUETE PERFECTO
- Xiora Martinez

- Jan 10, 2023
- 5 min read
Updated: Jan 18, 2023
Cuando era niña, el momento de despertar un 25 de diciembre e ir al árbol para abrir mis regalos, era lo mas brillante del año. Me costaba horrores dormir el 24, porque ya quería que se hiciera de día para ver que me habían traído. Por supuesto tenia una pequeña idea, porque hacíamos las famosas cartas a Santa Claus. Eran listas eternas, de las que me traían un par de cosas y el resto eran cosas que no había pedido. Pero todo era bienvenido.
No voy a negar, que muchas veces quise un coche control remoto, pero no lo puse en mi lista “porque no era de niñas” y eso no me lo decía nadie mas que los anuncios de la tele, que solo ponían a niños con autos y niñas con bebes. Creo que quería algo que no podia tener, porque estoy segura que la ilusión me hubiera durado unos minutos y hubiera buscado la oportunidad de cambiarlo por otro juguete del alguno de mis hermanos. Más que todo, porque es el día de hoy y no siento ningún tipo de inclinación por la industria automotriz, no se de marcas y no me roba el sueño ningún tipo de automóvil.
Pero no puedo negar, que me quedé con las ganas de tener esos juguetes que mis amigos pedían. Por la simple razón que no me los ofrecían en la televisión.
Tengo dos amigas que viven en los dos extremos de esta situación, una que sigue la costumbre de separar los juguetes por géneros como la antigua usanza y otra, que tiene como objetivo en la vida romper con todo lo establecido por la sociedad y le regala a su hijo el bebé que se le cambia el pañal y a la hija el juego de mecánico, sin negociación. Cuando coincidimos con estas dos amigas, puedo decir que las cenas navideñas se vuelven un tanto peculiares, por no decir un campo de batalla.
Mi amiga conservadora, Julia y mi amiga transgresora, Patricia tienen una lista de juguetes educativos en los que coinciden, así que si la conversación se mantiene por ahi, vamos muy bien. Son juguetes neutros, los cuales les regalamos a sus hijos después de un discreto pacto entre el resto de las amigas. Pero por supuesto, ninguna de las dos, se quiere quedar ahí, lo picante está en ganar un poco de terreno y demostrar lo equivocada que está una o la otra. Hace un par de noches, tuvimos nuestra cena de amigas, antes de navidad y salió el “inofensivo “ tema de lo que vamos a regalar a los niños.
Una de nosotras, comentó que su hijo quería un set para hacer pulseras. Todas aplaudimos lo creativo que es el niño y le encargamos pulseras a modo de broma. Mi amiga Julia comentó que su hijo le pidió uno también, pero que estaba dudando si comprarlo porque su padre, que dice que no es homofóbico, tenía miedo que y lo cito “se vuelva mujercita con esos juguetes”.
Y ahi, la cosa se puso candente. Julia declaró como si alguna sabiduría ancestral la hubiera poseído “Que estamos confundiendo a los niños, con tanto cruce de género” Ella está preocupada, porque siente estamos forzando un tema en los niños. Que los niños deben tener un norte, que los roles no son camisas de fuerza, que generalmente, los niños quieren una cosa y las niñas otras. No voy a exagerar y decir que Julia piensa que los niños no puede jugar con muñecas. No es así. Julia piensa que si los niños quieren jugar alguna que otra vez con los juguetes de sus hermanas (siempre y cuando su padre no lo vea) que juegue. Pero que no podemos hacer sentir mal a los niños por querer actuar como niños, ni a las niñas, porque querer ser niñas en el sentido que tenia décadas atrás. “Porque lo que no es normal, es que las niñas se avergüencen de querer jugar con Barbies o querer ser una princesa de Disney”. Esto lo dice, porque la hija de Patricia, juega a escondidas con las princesas Disney de la hija de Julia, porque sus padres dicen que eso es un mensaje tóxico para que las mujeres se programen para ser salvadas y busquen un romanticismo machista. Pero lo que Julia no sabe, es que su hija, le dijo a la hija de Patricia, que sueña con una pistola de agua y un balón de futbol, pero que su madre no le hace caso, porque eso no es de niñas.
Nosotras vemos la conversación como si de un partido de tenis se tratara, no nos metemos, porque honestamente, a estas alturas de la vida, cualquier cosas que digamos, será usada en nuestra contra. Y no me refiero sólo al debate de mis amigas, me refiero a absolutamente todo lo que comentamos en la vida. Es algo cansado medir cada palabra que decimos bajo peligro de ser catalogadas de una o de otra manera.
¿Desde cuándo estamos sometidas a tanta censura? La verdad no lo sé, pero si recuerdo que antes, era más fácil estar todas de un mismo lado. Ahora, no es tan fácil. Hay muchas casillas que debemos llenar si queremos pertenecer a una u otra corriente. Y la verdad, muchas no sabemos ya ni que corriente es la que nos representa.
Pero volviendo a mis amigas, Julia, acusó a Patricia de forzar la cultura “woke” en sus hijos. Que los pobres no saben lo que es hombre o mujer y que hasta tienen miedo de decir si alguien es hombre o mujer por no ofender a nadie. Patricia, acusó a Julia de retrograda, que tiene a sus hijos esclavos de un sistema que los obliga a ser lo que deben ser y no lo que quieren ser. Y que su único escape es esconderse para expresarse libremente.
En resumen, la cena no tenia una ambiente muy festivo o navideño. Pero, como si de una película de Hollywood se tratara, un personaje surgió de la oscuridad. Nuestra mesera. Una chica de pelo colorido, un piercing en la nariz y el brazo tatuado, nos sirvió el postre tratando de aguantar la risa, sin logralo . Algo abochornada, una de nosotras le pidió perdón por la escena que Patricia y Julia estaban protagonizando. Pero ella negó con la cabeza y sentenció algo que me quedará de enseñanza:
“Yo no puedo hablar mucho porque no tengo hijos. Pero como hija puedo decir, que los padres le dan muchas vueltas a las cosas. A mi me gustaban las princesas por los vestidos y la magia. No por los príncipes, a esa edad, los niños nos parecen todos molestos y olorosos. Y jugar con coches, no va a evitar que busquemos un reguetonero machista si nos encaprichamos con eso. Yo creo que hay que darles los niños lo que piden y dejar de meterlos en un mundo de adultos. ¿Alguien va a pedir café?”
Solo pudimos responder al comentario del café, porque el resto, nos dejó con una reflexion. Nos volvemos locas tratando de interpretar lo que los niños necesitan. Pero se nos olvida preguntar lo que los niños quieren. De la misma manera que nos forzamos a “necesitar” algo que a lo mejor no queremos. O a “querer” algo que no necesitamos. Solo para calzar y no ser “castigadas” o criticadas.
Estamos claras que todas queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero desde ese día, me puse tres reglas básicas para una maternidad menos estresante:
Hacer lo que me da paz y no confundir paz con la tranquilidad que me brinda la aceptación de un grupo.
No medir la maternidad ajena según mis experiencias y viceversa.
No complicar lo que no es complicado, si no hay un problema, no hay una razón para buscar la raíz de un problema que no existe.
Y tu ¿Que pedías en Navidad?


Lo tengo como un recuerdo vago pero creo que alguna vez pedí y me llegó una casa de muñecas. De las mejores sorpresas de mi vida. Pero siempre preferí jugar con la pista de coches de mi hermano.